jueves, 9 de mayo de 2013

¿Y si matáramos nuestros propios pollos...?


¿Y si matáramos nuestros propios pollos...?


Me dispuse a comer un pollito a la broaster y me puse a caminar por la calle buscando un letrero grande y llamativo de color rojo y amarillo y olores a frito que hipnotizan aún a media cuadra a la redonda. 

No es necesario caminar más de unas pocas cuadras para encontrar un lugar así en la mayoría de los barrios de la ciudad.   Mientras caminaba buscando mi cena me preguntaba cuán difícil podría ser criar un pollo, y lo más difícil, cuán complicado podría ser matarlo.

Resulta que la cosa es más o menos así: Menos mal aquí no existe el dilema de cual es primero, si el huevo o la gallina.  Aquí lo primero es el huevo, que luego de que rompe el cascarón ya es pollito (no para comer aún pero pollito al fin).   Al pequeño se lo debe mantener a una temperatura de alrededor de 35 grados centígrados e ir disminuyendo la temperatura progresivamente durante las siguientes semanas, y ojo con irle tomando cariño porque sino ninguno de nosotros comemos.  Esto suena más fácil de lo que suena por que hay que saber como fabricar el corralito y además como poner las bombillas para lograr los 35 grados.  Luego de cuatro semanas debes trasladar al pequeño a otro corral algo más grande porque el pequeño ya no es tan pequeño.

Pero no desesperen porque ya están a mitad del camino. En realidad un pollo listo para comer sólo necesita 2 meses de crianza antes de que puedan...  ...ya saben.  - ¡¿Dos meses!? - Sip.  Para algunos dos meses son mucho tiempo, especialmente si para todo este trabajo solo vamos a obtener media hora de deleite de chuparnos los dedos con una rica cena (sin mencionar todo el trabajo que conlleva el cocinar un buen plato).

¿Dónde ibamos? Ah! Si, ahora que está en un espacio un poco más grande seguimos alimentándolo, dándole agua y además básicamente solo tenemos que asegurarnos que continúen manteniéndose abrigados y protegerlos del viento y el frío.
 
Ahora viene lo más difícil, llamar a la abuela para que venga a torcer un par de cuellos.  Y aquí es donde quería llegar.  ¿Cuántos de nosotros comeríamos la misma cantidad de carne que comemos ahora si tuviéramos que matar nuestros propios pollos?  Los que entre nosotros tenemos más imaginación ya pudimos crear toda la escena. Algunos tal vez agarrando al pobre infeliz entre las piernas e intentando ver a que lado aplicar la fuerza para terminar con su vida; otros tal vez pensando en sostener la cabeza del aleteante animal contra la base del tronco de un árbol caído que hizo a modo de mesa en innumerables situaciones antes, y con la otra mano sosteniendo en alto un hacha de filo resplandeciente contra la luz del sol poniente que será testigo de una decapitación que dará inicio a la cena horas más tarde!...     ...o, bueno, otros llamando a la abuela, como dije antes. Ellas sabían como hacer estas cosas.


Antes, cuando todo en la vida era criollo mi papá me contaba como eran las cosas.  Criar un pavo o una gallina para el cumpleaños del papá era un evento especial.  No todos los días se comía pavo.  No todos los días se mataba para comer bien.  E imagino que en parte, en gran parte, era porque vivir la escena que un poco en broma incité a imaginar no tenía ninguna gracia en realidad.
Hoy en día comer cuarto pollo equivale a una hora de trabajo de oficina, o menos en muchos casos. Eso quiere decir que medio día de trabajo equivale a todo el trabajo de crianza más el duro trabajo de quitar la vida a un polluelo.

A estas alturas ya estoy sentado en el snack de comida rápida y veo alrededor gente sonriendo con los labios llenos de aceite y grasa, despresando el rico pollo con papas, sin ellos darse cuenta en la mayoría de los casos del trabajo que describí líneas arriba, y sin darse cuenta (porque no les conviene además) del gran favor que nos hacen otros para que la comida que comemos parezca solo eso: Comida.

Lo que más pena da al observar estas cosas es la cantidad de comida que se sobra.  Apuesto mi cabeza (si, si quieren bajo el hacha y apoyada también encima el tronco del árbol caído)  a que si nosotros matáramos nuestros propios pollos no se sobraría la cantidad de comida que se sobra ahora, y por sobre todo, no se sacrificarían tantos animales como se lo hace ahora, porque solo le damos valor a lo que nos ha costado trabajo conseguirlo. 



 - Marcelo Pardo -

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